Cerré la puerta lentamente. Apoyé pesadamente mi cuerpo sobre el dorso de la misma y me quedé allí en medio de los recuerdo. Un suspiro profundo rompió el silencio en medio de la oscuridad. Caminé decidida hacia la ventana y abrí las persianas.
Atardecía en Buenos Aires. El horizonte rojizo contrastaba con densos nubarrones y mi tristeza encontró eco en ellos.
Busqué donde mirar para sentirme menos angustiada...
No hubo lugar donde posara mis ojos que no hablara de ella.
Ana, mi amiga, la compañera de camino que había elegido, yacía en el cementerio mientras yo, desconsolada, pensaba en el tiempo que compartimos...
Llegó a mi vida casi por casualidad...
Recuerdo ese día claramente: Necesitaba una mujer que me ayudara en la limpieza de la casa y mi vecina Lili, la mandó sin decirme nada.
Ese día tocó a mi puerta. Cuando abrí, me encontré con una mujer de ojos verdes espléndida.
No entendía nada.
Me explicó que la había mandado la señora de la esquina y allí comprendí cómo era el tema.
La hice pasar, le expliqué más o menos lo que esperaba de ella y nos entendimos al instante.
Así empezó nuestra entrañable amistad. Amor que nos unirá durante mucho tiempo, solamente interrumpido por la muerte.
Ana era alegre y extrovertida. Había tenido una vida azarosa pero nada pudo quebrantar su buen humor y esa excelente disposición que la caracterizaba.
Repartía buena onda a raudales y siempre encontraba el lado positivo a todo.
En aquel momento yo tenía veintitrés años. Con una tendencia enorme hacia la melancolía, la depresión me acechaba como un animal hambriento.
El ingreso de esta alma luminosa a mi vida marcó un antes y un después.
Con su ejemplo, me enseñó a disfrutar de las pequeñas cosas y a enfrentar los problemas con otra actitud.
Lo que vivimos juntas fue maravilloso. Entre carcajadas y canciones, porque cantaba muy bien, disfrutamos momentos increíbles.
A pesar de su sufrimiento físico, nunca perdió la sonrisa y la encantadora manera de contar.
Ha dejado en mi vida un gran vacío...
La llevaré siempre en mi corazón y el día del amigo tiene sentido porque la conocí...
Ana te amo, nunca te olvidaré descansa en paz
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21 de julio de 2009
28 de agosto de 2007
A Mar

El tiempo…
La vida…
Tu historia…
Mi historia…
Caminos desandados,
a tientas,
como podemos, como pudimos…
Y nuestros corazones palpitan,
el alma se alboroza ante el verbo…
Verbo divino,
que nos convoca a derramar,
a inaugurar el canto poético…
Y somos eso…
Pequeñas musas…
Gritando…
Susurrando…
las palabras que vienen desde muy lejos…
Desde lugares estelares…
Desde vuelos ausentes de señales,
o de certezas cuajadas de rocío…
Y cantamos desde el lugar más recóndito…
Y sublimamos las letras…
Y las divinizamos
tratando de ser…
Que el cielo te envíe señales de salud…
Mientras eso llega:
¡¡¡Sé feliz!!!
Te extrañaremos mucho
María Inés
26 de agosto de 2007
Extrañándote

Acaso la tristeza o la apatía
nos gana la partida…
Nos alejamos de los lugares conocidos,
los amigos nos extrañan,
pero…
La indiferencia prima
y la desazón nos invade…
Es tiempo de retirada…
Acá estamos los que te queremos amigo…
En este mundo de seres desconocidos,
desde lo físico,
pero infinitamente más sinceros
y reales que los de carne y hueso
que están a nuestro lado…
Porque no necesitamos
no ser nosotros,
somos genuinos…
Con nuestros más…
Con nuestros menos…
Estamos en este mundo cibernético
demostrando,
todos,
que hay mucha necesidad
de comunicación,
desde un lugar
más emotivo,
más creativo,
virtualmente espiritual…
Acá estamos querido amigo…
¿Acaso no eres un roble…
Con corazón de barrilete?
Vuelve…
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